![]() |
| Ilustración: Lucía Laporta |
Llegó como siempre; a paso cansino y silencio total. Ese día, insistió, se percibía diferente. Amplió el número de sillas, mientras horneaba medialunas y panes; es que los últimos días se había incrementado la afluencia de público; lo atribuyó a la instalación de las nuevas oficinas del correo, que estaba cruzando la calle. El público que iba a escuchar sus historias eran en su mayoría oficinistas de la zona. Fue algo casual un día, un despertar a la comunicación, arrebato impensado y zas!...estaba frente a tres personas que escuchaban fascinadas la historia que contaba.
Sus relatos eran confesiones tristes y oscuras. Las adornaba con mentiras poéticas. Veía en contarlas la chance de quitárselas de encima de una buena vez. La belleza de las palabras que elegía tenía un efecto hipnótico en el público, y el uso acertado de la voz remataba la presa. Se jactaba en intimidad de su don. Sentía compensar así la tristeza de una vida solitaria y silenciosa. Cuando miraba tantos ojos llenos de aguas perdidas, olvidando un rato esas vidas de sonidos metálicos y mimos electrónicos, se creía un superhéroe al rescate de la carne y el hueso.
Pero esa mañana algo iba a cambiar. Ya desde la cama había oído llover. El goterío sonaba sobre el techo de chapa y en la mesa de plástico de la terraza. Se preveía un cambio drástico, hasta el gato lo anunciaba con maullidos nuevos cuando se despedía en el tapial bajo la garúa de las ocho. Se advertía en el suelo húmedo de huellas barrosas, en el ir y venir de sus propias botas de gamuza azul mientras decidía qué tanta lana, que tanta pana…
Pese a los presagios atendidos el suceso fue un golpe en el pecho, un pasaje al idioma de los elegidos, los que conocen algo que casi todo el resto no.
La vio entrar, empapada su ropa por la lluvia. Tratando de no mirarla mientras vagaba errante por el local, solo consiguió quedar mas en evidencia. Se embebió de los rasgos suaves que caminaban esos metros. Rasgos que nada hacían para llamar la atención y solo atendían los libros apestosos de tiempo y vida en los anaqueles. Era un ser armónico que transcurría, sucedía, en lugar de caminar.
La máquina de café a un lado, los vinilos al otro, y desde allá arriba, en el techo, o en el cielo, un corazón dispuesto, maravillosamente asaltado por la más cruda e inevitable de las realidades…
La máquina de café a un lado, los vinilos al otro, y desde allá arriba, en el techo, o en el cielo, un corazón dispuesto, maravillosamente asaltado por la más cruda e inevitable de las realidades…
Se acercó con palabras hermosas y sinceras; no las recuerda, debido al ensueño tal vez. Las recepcionó una boca perfumada de caramelo y rastros de cigarrillo, reía amplio si el chiste agudizaba alguna mala intención. Dialogo no, es verdad, no literal: ella había sido privada del habla, se expresaba delicadamente con gestos suaves y bellos, concretos. Resultaba inquietante como abría los labios rosados y ojos de miel para leer sus labios, y sus sonidos eran reacciones puras e impensadas. Tenía manos pequeñas, descuidadas y de un blanco suave. Igual su cara; era tan clara su piel que podían verse algunas venas, pensó que nadie podría dibujar algo tan bello y que resultara tan favorecedor.
Por un instante volvió a la realidad ordinaria, a su cueva oscura, a oler la humedad solitaria de las paredes grises, a barrer miles y miles de noches tristes y apagadas. Donde fuera que lo desechara, al amanecer del día siguiente, eso que barría ya había sido redistribuido por toda la habitación. Habría sido el gato, o el viento monótono o el leve del paso del tiempo... Estaría en las paredes, cuadros, en la colcha tejida, sus pantuflas, su taza y así, infinito… y tembló.
Entonces, lo impensado sucedió: ella sacudió sus ondas rubias y opacas, se quitó el abrigo y su buzo de frisa gris, y con un gesto le invitó un café.
No hizo uso de sus famosas palabras; apenas las miró ese mediodía, revueltas en el cajón que solo volvió a abrir para vestir de otros colores las penas, elegirles otros trajes y pelucas a los actores de una historia que ya no era suya, aunque la letra en el texto reconociera su paternidad. Eso afectó un poco la afluencia de público, que esperaba relatos lacrimógenos, de angustias ancestrales.
Observó las sillas vacías acariciando la pana que unas manos claras habían despojado, horas atrás, de pelos de gato y polvo de tiempo. Ya llegarán; otros habrá que puedan disfrutar esa calma. Serán quienes se hayan dado la chance de ese giro iluminado de 3.000 grados y decidido, a su par, acostarse en el pasto fresco de rocío a ver ese amanecer de fuego artificial. Y así fue.
Por decenas de años aprendió los recovecos que emanaban la armonía de ese cuerpo liviano. Cientos de semanas, aprendieron serenamente este amor de videocasetera. Miles de días y noches la casa del polvo del tiempo fue hogar de ojos y dientes brillantes, si el carácter melancólico dueño de casa aflojaba la cuerda un poco. Millones de horas se pensaron con bondad y gratitud mutua. Se desearon, calurosamente, incesantemente y, gracias a todas las magias, supieron demostrárselo con certeza.
Ella enfermó gravemente. Su cuerpo frágil decidió morir con la misma armonía que había decidido la vida. La agonía fue dulce, breve y silenciosa. Lo vivieron con simpleza y resignación. Lo vivieron, simplemente. Ella pasaba las tardes en el rincón que mas tiempo entibiaba el sol, escuchaba los relatos que la convertían en princesa de los cuentos y ofrecía pañuelos de papel a quienes emocionaran esas bellas palabras. Y, mientras, pintaba. Confeccionó el recorrido de su muerte, eran alimañas espantosas que rasgaban órganos humanos, anaranjados furiosos y violetas deprimidos. Así como en su cuerpo, tintineaba en sus pinceles, la peste; crueles y bellas láminas que pronto tapizaron la tienda.
Se dijeron algunas cosas pendientes, concretaron sueños sencillos como una siesta en la montaña, o cantar una canción frente al público de la tienda. Y una tarde fresca de invierno, mientras el perfume de la siesta inundaba el domingo, se abrazaron con amor, y gratitud a modo despedida.
Vuelvo hace un rato de escuchar una mas de esas historias de gente preciosa, imperfecta, sucediendo en vínculos que asoman a la luz por el solo y bello hecho de ser contados.
La vi hermosa, fuerte. Discutía con periodistas cuando llegué; le pesa si tratan de bucear las aguas íntimas de la joven, revolucionaria, y ya célebre pintora fallecida. Desde que las láminas aquellas cobraron tanta notoriedad la persiguen, no solo por información, sino con ofertas tratando de llevárselas. Como si eso fuera posible.
Me hizo un guiño cómplice y me senté a observar, a acompañar. Ya no es la joven aquella, de colores apagados que conocí. Es ahora una mujer elegante, bella y fuerte, ya sé, ya lo dije, pero es así. A veces se pierde, se va, se puede ver el recorrido en su mirada, la conciencia de quien ha sido feliz y sabe adonde es que no hay que llegar, o volver. Despierta de estos ensueños renovada y, mientras afloja su peinado siempre tirante, para nuestra dicha, nos relata su sueño. Con o sin disfraces.
Yo los miro cuando en el silencio resuena su voz, a veces atragantada de duelo y agravada por el carraspeo y el tabaco de vainilla. Los veo dejarse caer, sin red sobre un colchón de posibilidades. Y en la caída explotan la garúa del césped, las alimañas en el cuerpo, las jóvenes de colores apagados, los azules infinitos de montaña, el olor a pan horneado, los amaneceres de fuego artificial y las piruetas de 3.000 grados. Seguramente, afinando el oído, puedan como yo, esos seres, ser asaltados por la más cruda, maravillosa e inevitable de las realidades: la magia.

El amor, en cualquiera de sus formas... es bello.
ResponderEliminar