miércoles, 19 de abril de 2017

Sinvergüenza

                                                      
Primero lo primero: me siento afortunada. Nunca debí denunciar ninguna rasgadura, o rotura de tejidos, ni de órganos. No me lastimaron, aun estoy viva y pude ser madre porque mi cuerpo estuvo sano. Mis heridas han sido impalpables, y he lidiado con ellas lo suficiente, espero, como para llamar a mi desarrollo “razonable a las circunstancias”.

Hecha la aclaración trataré de relatar lo más fielmente posible algunos hechos que me han hecho quien soy. Me disculpo anticipadamente por la falta de precisión en lo que respecta a las edades y momentos en el tiempo. Aquellas épocas para mi son una pelota pegajosa e indivisible. Sospecho, atándome a algunos datos, que esto sucedió a mis 13 años.

A mis 13, 14 o 15 años yo era una chica muy expresiva, estaba desbordada, y lidiaba con algunas situaciones que no sirve de nada descubrir acá. Tomaba, porque estaba desbordada, tomaba porque no sabía como hacer ni sabía cuanto era el daño que me hacía. Esto parecía causarle gracia a mucha gente, entonces en los boliches tomaba mas. Después volvía a mi casa -me acuerdo que Carucha, linda persona que tengo bien presente, se ocupaba de que llegara a salvo-. Una vez allí dormía, horas y horas, comía algo y ya empezaba nuevo día, imaginando que las cosas sí serían color rosa algún día. Me importaba conocer gente con la que sentirme normal, ir a recitales, hacer viajes, visitar amigos, ser una actriz famosa, enamorarme, comprar discos y traducir las letras, algún libro, y cada tanto agarraba las cajas de cuatro o cinco adminículos de Pin y Pon y montaba escenas en miniatura como si todavía fuera una nena, cosas así… Era desfachatada, torpe, grosera a veces. Graciosa, creo, atrevida, creativa.

Una fiesta de la primavera, festejando el día del estudiante en un boliche por la mañana, una vez mas, me pasé de copas. Mis amigas resolvieron ayudarme a salir del lugar para recuperarme antes de volver a casa, para esto requirieron la ayuda de dos o tres conocidos mayores de confianza (viviendo en una ciudad chica esto es tarea sencilla). Uno de ellos, especialmente conocido por su vínculo estrecho con personas muy cercanas a mi, se ofreció de escolta mientras todas volvían a la fiesta hasta que me recuperara.

Me acompañaron todos a una casa de un conocido donde podría descansar. En medio de mi mareo solo podía percibir que estaba acostada en una cama, que me sentía muy tranquila y muy cómoda, que pensaba dormir un siestón de aquellos hasta que las chicas volvieran a buscarme, y también sentía la voz muy cercana de este hombre que tranquilizaba el murmullo de consultas de mis amigas. Recuerdo especialmente el énfasis en su tono campechano diciendo cosas del estilo: “Pero siii, andá tranquila”, o “No me cuesta nada, si es un rato ya se va a poner bien”.  Insisto en la falta de precisión, solo puedo ser exacta en lo que sentí.

Una vez en silencio (soledad) recuerdo dormirme involuntariamente y a cada parpadeo que intenté, él estaba sentado junto a mi mirándome. Sé que me hablaba, no recuerdo de qué. Se acercó a mi lentamente y empezó por darme besos en el cuello, creo que me había inmovilizado los brazos, primero con suavidad y después no. Nunca me golpeó, tampoco me violentó. Mi condición de embriaguez me impidió defenderme en absoluto.Yo llevaba puesto un jean ancho y una musculosa amarilla, eso lo recuerdo bien.

Enseguida estaba todo encima de mí, con todo su cuerpo, las manos ya presionando mis brazos contra la cama. Era un hombre fortachón y altísimo, y yo una preadolescente muy flaquita y, voy a insistir; estaba destartalada, por lo tanto con la sola presión de su torso bastó para que no pudiera mas que decir “No”. No, y “No, pará, pará…”

Me chupó el cuello un buen rato, recuerdo la sensación de asco y ganas de vomitar. Me tocó todo el cuerpo enfervorizado y me decía que “Si! Me gustas mucho. Me gustás porque sos libre Paulita, vos sos libre Paulita hermosa”. Yo pateaba como podía, porque las piernas sí las tenía libres, pero no recuerdo darle al blanco. En un momento me dí cuenta de que me apoyaba su pene húmedo y blando, sobre la pierna y lo fregaba. He retirado de este relato los detalles que siguieron, ya que sigo sintiendo que si lo hago me estoy justificando. Vale decir que no podía respirar, y pensaba constantemente que si mi papá se enteraba de esto no solo me iba a ligar otra paliza; además no me dejarían salir a la calle otra vez en la vida entera!, y sentí vergüenza, mucha vergüenza.

En ese preciso momento mis amigas entraron, no se cuanto tiempo pasó hasta que las oí, esta vez claramente. Él se compuso a toda velocidad y las recibió con toda su impronta pueblerina de nuevo. Del bicho asqueroso que había sido apenas segundos atrás no había rastros, al menos eso me pareció a mi en aquel momento.

La vergüenza de la que hablé mas arriba me persiguió durante décadas de mi vida. Igualmente una concepción de mi libertad y de mi sexualidad completamente distorsionada. Comenzó con desbordes incomprensibles, el terror a reconocer mi cuerpo como algo bonito, lo mismo mi sexo y mas aún el sexo de los demás. Tampoco las personas fueron lo mismo para mí, en el fondo eran todos la misma bestia que me presionaba el pecho en aquella cama y me refregaba su flacidez llena de  semen en  mi pierna adolescente.

Callé durante décadas lo que el cuerpo me pedía que gritara. ¡Es que me lo había “olvidado"! Sabía que algo andaba mal, sabía que algo desoía y que debía llorar una angustia, pero no recordé por mucho tiempo cual era. Durante todo ese tiempo me volví la basura que él me demandó que fuera ese día. Desde esa tarde mi libertad fue mi peor enemiga. Fui blanco de bromas de hombres y mujeres, incomprendida hasta por mi misma. Lo que cualquier vecina bien de este pueblo TAN “bien” llamaría una “sinvergüenza”.

Volví a ver a ese hombre decenas de veces en la vida, incluído un viaje en ascensor imposible de olvidar. Un tipo muy querido y respetado por muchos, adorado también diría yo. Incluso -una vez admitido el asunto- llegué a increparlo, le escupí palabras sobre sus hijas pequeñas y los tipos como él. Eso pasó en un boliche de Gualeguay.

Ahora ese hijo de la misma mierda está muerto. Hace varios meses ya. Y no hay un solo día que no haya pensado en él. No me alegré, no me angustié, solamente pude preguntarme si habré estado entre sus pensamientos mortales, como él se ha inmortalizado en los míos tan sencilla y cruelmente.

Han pasado mas de 25 años de este episodio que cuento. Es decir que hace 15 mas o menos me he pasado dando explicaciones tardías, a ex novios, a pibes que conocí y jamás entendieron mis actitudes, mi frigidez, mi falta de apego, mi promiscuidad en algún momento. Yo tampoco la entendía. Pero ahora si. Y creo que ya me perdoné la borrachera y mi presencia en esa casa ese día.

Y si alguien está por ahí, dudando de sus responsabilidades, yo te quiero decir que no, que no es tu culpa. Que si sos hermosx y que tu libertad es hermosa. Que la uses a tu favor, para denunciar, no importa a quien le moleste, o con quien vayas a quedar mal, denunciar es curarse un poco, hablarlo, escribirlo es sanar un poco para mi mientras pienso en publicar esto. Y si no te da para ir a la policía, hablá con tus viejos, hablá con tus amigxs, ppedí una mano, y si no la ves factible, entonces buscá otra.


Abrazá tu valía, te aseguro que el tiempo perdido es mas pesado que la mano que no te deja defenderte. Bueno, era solo eso, y que te quiero mucho.