sábado, 24 de agosto de 2019

La tormenta


Supe anticipadamente de la llegada del tornado, debía esperarse desde la madrugada. Esa noche me tomé el trabajo de limpiar cada centímetro de la casa, especialmente los pisos y los zócalos que se llenaban enseguida de telarañas. Lavé los pocos platos que había usado en el día y esterilicé la cocina a la perfección. Repasé con una franela todos los muebles del dormitorio y puse cada cosa en su lugar matemáticamente. Desinfecté el baño como si fuera un hospital.

Cuando terminé me di una ducha durante  un buen rato. Lavé mi pelo que por entonces me llegaba a la cintura y aproveché para que la lluvia caliente me calmara los puntazos en la espalda. Me limpié la cara con un cepillo y jabón, después usé un tónico y una crema hidratante. Me sequé el pelo, remarqué mis bucles con la tijera caliente y me acosté a dormir, para esa altura ya era aproximadamente las 1:30 am y me costó muchísimo conciliar el sueño.

Tres o cuatro horas más tarde me levanté; me apresaba una ansiedad quieta y muda, y me sentía de buen humor. Los horarios del tornado seguían siendo inciertos, los diarios y las redes sociales hablaban de otras cosas, aún cuando los    indicios de su proximidad ya eran evidentes, o tal vez era yo que en el fondo no podía dejar de pensar. Aunque no estaba asustada encendí todas las luces de la casa, creo que hasta me tomé un té, y para estar precavida me maquillé a las cinco en punto. Por cualquier cosa...

Un último repaso, era inminente el desenlace y necesitaba que todo esté impecable y ya sé; puede parecer un esfuerzo vano dado el pronóstico, pero algo en mí se convencía minuto a minuto de que esas paredes sabrían resistir los embates del viento y las lluvias. Que todo lo que volaba y devastaba jardines y destrozaba vehículos unos contra otros eran recursos narrativos en los guiones de cine, que este tornado no era de esos.

 Finalmente la tormenta se presentó. Fue justo a la mitad de la mañana.

Ya con las primeras brisas las puertas y ventanas se abrían y cerraban como locas, dejando pasar todo tipo de objetos ajenos a la casa, muebles propios y ajenos, pequeños adornos que se estrellaban contra los pisos y las paredes dejaban su estela de polvo, yo trataba de sostenerlas, probé poniendo sillas contra las puertas, barricadas pobres que, de ninguna manera, resultaron efectivas, es que llovía muy fuerte. Y era como que también llovía adentro de la tormenta, porque no importa adonde me refugiara las gotas me golpeaban en la cara como agujas gruesas y afiladas, y adentro de los ojos el dolor era indescriptible, espantoso. Yo corría por todo el lugar remendando roturas. Así fué durante días y dias, muchos de ellos sin atisbos de sol. Fué una locura. En cada descanso de la lluvia con abanicos hechos con tablas oreaba las paredes, porque se agrietaban rápidamente. Esas paredes que con mis propias manos construí durante más de una decena de años, ahora eran jirones de un pastiche blanco que se derretían entre en toallas y trapos como arena húmeda.

Sentía que nunca alcanzaba mi ingenio para ir resolviendo las problemáticas que surgían a cada segundo. Los pocos ratos en que parecía aflojar yo  aprovechaba para descansar un poco, algunas veces me cambié de ropa, o simplemente me sentaba un rato buscando silencio, silencio en  mi cabeza, pero descubría que las formas de su destrucción eran inagotables. A veces descubría que cantaba en mi cabeza, o repasaba el poema de Vinicius que se llama Ausencia, o tenía conversaciones pendientes con personas que hacía mucho no veía, pero silencio ya no hubo nunca. Y para ser sincera aquellos momentos fueron muy poquitos.

Comencé a interpretar hechos entonces -por poner algún ejemplo- que afuera debían haber intervenido las rutas de acceso, pero no lo entendía por lógica, sino recién cuando me daba cuenta de que habían pasado ya meses sin que viera o hablara con gente. O que hacía varios días que me alimentaba con porquerías, porque mi cuerpo se inflaba como un globo. La desolación se apoderaba de mí.

De alguna manera la tormenta había matado salvajemente mi fé, y digo salvajemente por lo repentino e ineludible. Todas las inquietudes que alguna vez había creído satisfechas volvieron a foja cero, interpelándome, pero más astutamente poniendo en jaque las  mentiras  de un Dios. Así que el tornado terminó con mi Dios también.

Mis manos no alcanzaban, era demasiado, había intentado remendar los daños pero tenía el cuerpo cansado, y me costaba razonar. La observadora en mí opinaba que su mera existencia era la lucidez, y me aferré a ella, dependí de ella como de la teta de una madre.

Un día decidí rendirme, me senté en una esquina a llorar a gritos, pero no pude hacer eso tampoco, así que me quedé sentada sin hacer nada, mientras la actividad destructiva seguía su curso natural como si yo nunca hubiera estado allí. En pocos ratos todo se redujo a nada.

En algún momento, creo que fue una mañana nueva, pude ver tras los muros caídos el baile de las columnas de humo cuando se apagan los fuegos. Eran suaves y ondulaban dibujando personajes de gris. Levanté mi cuello x primera vez en muchos días, muy despacito porque me dolía, y también para mirar fijamente la claridad anaranjada entre las brasas que iluminaba el sol que se asomaba sobrio.

Distinguí que ciertas facultades nuevas se revelaban en mi, físicas, mentales y espirituales, y un registro sensacional de absolutamente todo.

Descubrí que la ausencia de los muros dejaba correr un aire sano que se me colaba en la frente. Y con mis otros ojos pude ver que mis cicatrices dibujaban runas de buenos augurios, y de fortaleza. Los silencios zumbantes e interminables después de cada explosión. El musgo de las paredes cuando baja el agua. Los yuyos creciendo a brazadas entre los escombros, que salpican de verde el gris.  Los primeros sonidos que reconocí humanos una vez que las grandes masas migraron. La apreciación de mi propio mutismo y mi soledad, el nacimiento de mi propio Dios.

Hoy se cumplen exactamente nueve años de esto que cuento. Le llamé Esmeralda.

viernes, 22 de febrero de 2019

El viaje

Veo toda la secuencia desde el segundo cero; el colectivo arranca a doblar desde Callao para Santa Fe y el chofer se manda una puteada épica a alguien que se atravesó, por eso lo miramos todxs al tipo. Pero una mina que viaja enfrente mío se cuelga de la ventana, con una sonrisa de oreja a oreja y los ojos bien abiertos como si hubiera visto a los reyes Magos: "Eh, Tano! Sos vos?" le grita. Les sirve el embotellamiento de la esquina y se quedan mirando los dos. Él tipo, el Tano, -el que el chofer puteó- que ya llegaba con el envión al quiosco de la esquina, se empieza a volver con el cogote torcido para mirarla,  se acerca calladito y a paso rápido y se clava justo debajo de la ventana de la chica. Bah, no es una chica, una mina grande. "Eyyyyy! Qué hacés?", le dice re suavecito.  "¡¿Sos vos?!" le pregunta de nuevo la mina, y se ríen mientras los autos se preparan a retomar su marcha. A él casi que dejo de escucharlo al toque porque atrás mío, pegadas a mi espalda, hay dos viejas que se ríen como cacatúas. Pero a la historieta no me la pierdo, si total que más tengo que hacer todavía me queda como una hora de viaje: ella sigue asomada y ahora ya le extiende una mano, él la agarra con las dos suyas re cariñosos los dos y charlan un cachito. Mas vale que solo de parte de ella pero lo mas concreto que escucho son frases aisladas y comunes: "más de veinte años", "¿México?", "los pibes", "Saavedra", y ya se acaba el tiempo. Retomamos marcha, el tipo de la vereda grita algo que nadie entiende excepto una vieja que estaba al lado re metiche -pero útil- que le agarra el brazo a la piba y se lo sacude al grito de: "Dice que no se acuerda tu apellido!, tu apellido! decile el apellido!..." Ella le grita el nombre completo y lo último que veo antes de terminar de doblar la esquina es la cara de él golpeando su frente con gracia, como admitiendo una torpeza, o un olvido incomprensible.

Con el bondi ya a marcha normal la mina se vuelve a su lugar con todos los dientes asomando de la contentura, yo creo que hasta un poco de vergüenza siente porque  mas vale, la estamos mirando toda una sarta de chusmxs que le sonreímos también, se sentirá observada. En fin, me pone de buen humor, hay que estar en esos detalles, los de cosas lindas, sino te querés matar.  Trasca hace un calor impresionante, y me puse pantalón porque sabía que tenía que caminar toda la mañana, si llego a ir de short o pollera las gambas me quedan hechas pomada y ahora estoy mas o menos tranquila, pero en un momento creí que me iba a morir de calor. Yo no sé si será porque no se puede dejar de reír, o qué catzo, pero yo no puedo dejar de mirarla a la mina esta, ella apoya la cabeza contra el vidrio de la ventanilla y ni siquiera los sacudones de las frenadas re violentas del chofer la sacan del recuerdo en el que se sube a viajar. Se me ocurre que si lo que piensa tuviera sonido diría algo así:

"Yo quiero hablarte, pero hablando soy de madera, por eso te pienso. Quiero disfrutar contarte cosas obviando la formalidad, y la corrección. Porque la pátina de frialdad y distancia no me alcanzan, por más polos que nos llovieron encima, por más milenios que atravesamos en silencio. Será que suelo escribir sobre asuntos más oscuros, que el lenguaje amoroso me queda tan ridículo, por eso trato de evitarlo, pero esta vez necesito destilar un poco.
Tal vez me comprenderás, si te han quedado caminos en pié para revivir esos besos inmensos y despacitos que nos dábamos en tu habitación. Recuerdo especialmente cuando sin querer queriendo decidimos blanquear con tu viejos que había una intrusa allí escondida. Para mí pensaba: "¡deciles que se vayan habituando!" o algo así, porque por esos días nada en mi mundo era más sabroso que enlazarme a tu cuerpo entero y respirarte desde muy cerquita. Era verano, ahora que lo pienso, y me pregunto ¿¡no habré sentido calor!?... Seguro el calor en aquella época era más gentil que esta versión infernal del 2019, o sería que los  fuegos que se me encendían hicieron que ese año el calor se quejara de mí, y no al revés."  

Mira el celular, el mío justo empieza a llover sonidos así que seguro que será que se hizo efectivo el pago de hoy a la mañana. No me banco andar sin teléfono, pero la verdad este mes fué una locura y no llegaba nunca a juntar la plata para la factura. Hoy si, porque del primero de mis chicos yo cobro una asignación, en general a esa plata la uso para pagar el monotributo (que me permite cobrar esa asignación, parece un chiste de hamsters, ya sé), pero esta vez me vino bomba porque estaba al horno con papas. Ya veré como deposito este mes, por ahí si sale bien lo de la ropa... Con no endeudarme mas yo ya estoy. Todos mensajes de mi suegra, mas vale, cuando es ella la que cuida los chicos yo tengo doble laburo: hacer lo que tenga que hacer, y cuidar a los chicos por control remoto porque no hace nada más que romperme las pelotas para todo. Desde que me no puedo pagar la niñera y le tengo que pedir favores parece que perdió todas las habilidades de abuela práctica, yo creo que me lo hace de gusto. Yo agradezco la mano, pero mamita querida, ¡dejame de joder! Hasta hace unos meses los días muy pesados como hoy le pagaba unos mangos a Belén, a ella le viene bien porque es estudiante, buenaza Belén. Ahora nos visita siempre pero no me da el corazón para pedirle que se quede por tan poca plata que puedo pagarle.  También me encuentro un audio de Carolina, no puede recibirme porque tiene que salir de urgencia. Miro los dos bolsones de ropa que cargo desde las tres de la tarde con ropa que compro en Ramos para revender a domicilio y me dan ganas de tirarlos a la mierda, es la segunda vez que Carolina me hace lo mismo. Tenés que ser hija de puta.  La compra nunca es verdaderamente al pedo, es una inversión, tal vez me pueda esperar mañana, o tal vez si Rosario está sola, que vive ahí a un par de cuadras... no es lo que mas me divierte, porque el novio de Rosario es un desagradable y yo no le caigo bien a él tampoco, así que si él está somos un muestrario de caras de ogt todxs, porque a ella le caigo bien pero la tensión se corta con tijera. Igual si están puedo hacer tiempo ahí hasta que Carolina resuelva su "emergencia". En realidad en el fondo yo sé que la tal emergencia es un chamuyo, que no me quiere comprar nada, pero eso no se hace y menos si sabe que al kiosco lo cerramos y que andamos los dos buscando changas todo el día. Ma sí que se joda, la llamo y la presiono, en última me tomo un café por ahí que no como nada desde las diez de la mañana. Les escribo a las dos: a Carolina "No te hagas problema Caro! de todas maneras yo ya estoy por tu casa y me tomo un cafecito con una amiga, avisame cuando vuelvas que me doy una vuelta, total los chicxs están en lo de suegra, y Gabi está con sus amigos -emoji con anteojos de estrellitas, corazones varios, send-; y a Rosario: "Gorda, estás en casita? Estoy en el barrio, chiflame que te ando con la ropa pero además te quiero dar un beso!". Ese a secas nomás, ya con lo de darle un beso me había pasado de rosca, no nos queremos para tanto.

La mujer del encuentro chequea el celular por décima vez, un gesto de trompa caída se le instaló en la cara. A mí me da como lástima por momentos. No sé porqué. ¿Estará muy sola? Parece solitaria, pero solitaria no es lo mismo que sola. Además que me meto a sentir lástima justo yo que últimamente no emboco una. Pero sola no estoy eso sí. El cole ya se va vaciando, ta linda la ciudad porque hay poca gente. Ella se estira en el asiento y abraza su mochila con la cabeza derretida en el respaldo del asiento, sigue contando:

"Cuando nos separábamos yo cerraba los ojos y todavía podía mirarte, tus ojos decían de todo, no necesariamente lindo, pero me gustaba tu franqueza. Decían de todo, por eso te miraba todo el día con mi superpoder de enamorada, te quería todo el tiempo porque me hacías bien.

Con vos yo descansé de ser la bruja fea del Trencito Infeliz, vos tomabas de mí las verdades también y hacías de eso algo bueno, o al menos eso se sentía desde mí. Habrás esperado que cambie unas cuantas cosas, pero yo nunca supe disfrazarme, a esto lo supongo, porque en esos momentos nada era claro o intelectual para mí, a duras penas interpreto este repaso. No sé bien que te conté y que no, pero ya para esa época llevaba ya mas de dos décadas pidiendo perdón por nacer, y escondía tormentas hasta en las orejas porque pensaba que esconderme era lo mejor que podía hacer. Sin embargo durante el tiempo que nos quisimos fuí una mujer que pisaba sin apuros porque sabía adonde caería a lavar de mi frente las huellas de lava y el hollín de la planta de mis pies. Sentía que todos los artificios eran innecesarios, y mis torbellinos de calidez se podían desvelar con la letra de una canción que fuera de amor."

No te lo puedo creer,¿¡cerraron el kiosco de Héctor también!?, ¿o será que lo refaccionan?, no parece, porque hasta carteles tienen las chapas, y carteles ya viejos. Alto kiosco ese, tenía mesas de pool y se comían unos choris de la puta madre. Si me habré mandado cagadas ahí, hermosas, ¡las mejores!. ¡Ahí conocí a Gabi sin ir más lejos. Me acuerdo que fue completamente técnico, "Hola/Hola", "Qué linda/ Vos también", "¿Vamos?/¡Vamos!". Hasta el día de hoy me pasa que si lo veo llegar algo en todo el aire que trae (y es mucho aire, eh? tiene unos 20 kilos arriba) me emociona, a veces me escondo para pucherear! A él no le cuento, es tan seguro que no me conviene darle mas motivos para agrandarse, y es una de las cosas que más me han gustado siempre de él. Nunca más me separé, bueno, si, él sí. Aquella vez que la madre trabajó durante meses pico y pala para que se reencuentre con la ex, una pseudo cheta de San Telmo que estaba obsesionada con ser vedette. Iba a todas las academias que abrían lxs famosxs a ver si enganchaba de alguna manera; la verdad es que aptitudes no tenía y amigxs de verdad aparentemente tampoco porque entonces le hubieran dicho que era demasiado patadura, y que por más culo que criara (eso sí le reconozco, era impresionante) iba a poder disimular eso. Gabi la vio un par de veces, yo creo que él tenía buena intención con ella, pero estaba enamorado  de mí y ya sobre eso no podía hacer mucho así que volvió enseguida. Yo no me enojé, ni siquiera me puse nerviosa o triste, bah, un poco triste sí, pero peor hubiese sido que se quedara con la duda. O con las ganas. Ahora sí si me llego a enterar de que anda con alguna le rompo todos los huesos, no le quedan ni las ganas de hacerse el dragón, pero no lo veo con mucha pasta de pillo ya, anda cansado el gordo. Hemos pasado de todo pero después con ese mismo todo se construye, se disfruta, se odia a veces, se rema, bah. Yo remo como loca, a Gabriel le es mas fácil porque yo soy mas paciente, pero él, madre de Dios, si se te retoba te lo fumás con cara de ojete hasta que consiga lo que quiere. Es bueno, y tenemos buen sexo igual que el primer día. Me pregunto si a la chica del bondi y al hombre ese les habrá pasado algo así porque yo estoy segura de que amigos solamente no fueron. Le busco en la cara algún gesto que hable, ahora mira el vacío como diciendo:

"Tenías dos hermanas, una camisa blanca, una cruz en el pecho, manos movedizas y muchos cigarrillos. Sonrisa de mucha luz con un diente chueco, gran habilidad para el dibujo, un montón de lindos amigos, ojos de un color claro indefinible, un par de hombros preciosos y la voz gastada. Tenías un talento especial para tomarme de la mano y un párrafo aparte para portar jeans. Y también tenías otros planes.
Todavía cuando me acuerdo no comprendo cómo no supe verlo, hasta ganas de contarte de todo, y pedirte disculpas me dan! Te puteé tanto que la banda que también esperaba el 152 a la salida de NYC me aplaudió. "No te voy a extrañar", me dijiste, y te fuiste a Gessel al día siguiente. En tus bolsillos te llevaste un arsenal de pases gratis que yo había acumulado para el parque de atracciones que era tu persona. Y yo quedé sola, pasmada, como la niña que fueron a abandonar en la entrada del Tren Fantasma.

Después trataste de encarpetar todo, reapareciste con trabajo y estilos nuevos, pero yo  todavía no sabía comunicarme, y en equipo con todas mis inseguridades todavía dábamos vueltas en redondo. Fui incapaz de aislar los olores nauseabundos que la distancia y el silencio habían aprovechado para colar en nuestro jardín bonito. Yo había vuelto al tren infeliz, y vos estabas demasiado guapo para aprender a subir."

La mujer sale de su ensimismamiento y me clava un par de ojos oscuros en mi mirada atenta. ¡Que susto! No sé como hacerme la boluda, me da mucha vergüenza, tanta que en el mismo minuto chusmeé el celular, saqué dos remeritas de los bolsones para medirlas (¿?), me controlé la pintura de las uñas (sin sorpresas, todas descascaradas en mayor o menor medida), y me acomodé doce veces los breteles del corpiño para que no se vean debajo de la musculosa. Ahora ella me observa a mí, pobre, si esta sensación de estar invadida por completo es lo que le vengo haciendo sentir entonces que me disculpe. Le sonrío, ella me devuelve la sonrisa. Me sorprendió, la verdad.

"Ahora voy en el colectivo, todavía conservo la sensación atónita de haberte visto, y tocado tus manos, una calidez igual conocida que inesperada. No he pensado demasiado en vos estos años, pero hoy ha fluido en mí un río tibio de sensaciones agradables, con ramajes de palabras no dichas, con los destellos de los besos no dados, e igualmente bello. He querido saber de vos, pero tanto ha sido el tiempo que también yo había olvidado tu apellido, de hecho todavía no lo recuerdo. Vos sí ya sabés el mío, y debo reconocer la ilusión que me produce ver llegar una notificación a tu nombre. Viajando este ocaso infernal del verano porteño, cuando todas las luces empiezan a encenderse imparables y corren así los naranjas y fucsias de los techos para coparlo todo yo sé que, si me quedo muy quieta y cierro los ojos, si ignoro a la mujer de las bolsas que me mira fijo, si detengo los ruidos y los minutos y solo me concentro en el vaivén del bondi, y conservo esa calidez de tus manos entonces puedo llegar un rato vívido a los días de quererte. Sin necesitar cambios en los libros de esta historia, sin pedir ninguna explicación, solo  suspenderme y saber que allí estuve con vos, siendo feliz y siendo de verdad por un rato, que es mucho."

La chica/mujer (¿qué serán?, unos cuarenta años, hoy día a los 40 sos una piba) sonríe plácidamente. Le devuelvo la privacidad un ratito, además el llamado de Carolina me saca de la burbuja. Otra vez me cambiaron el ringtone, los voy a cagar a pedos, y al pedo también, si hacen lo que quieren porque saben que en el fondo yo también me divierto con estas pavadas. "Auxilio, me desmayo, cállese viejo lesbiano" canta un robot en mi celu, que anda perdido en uno de los bolsones de ropa. Pero ma sí, que me miren, he estado peor parada en varias ocasiones. Atiendo a los gritos de gusto, para molestar. "Cariiitooooooo... qué hacés lindaaa???... Ah joya, yo a unas diez cuadras... Ah!, si, no, al café me lo tomé y me vine a venderle a otra chica que justo me llamó... dale, dale, si igual estaba yendo para lo de Rosario que me queda ahí de toque, paso primero por tu casa... Joyaaaaa... Ahí te veo amiguiiiiiiii... Mua mua..." Corto. Al final la tal Carito se portó bien, ya me parecía, qué boluda yo, si sé que ella sabe bien en la que andamos estos meses. Con dos o tres pavaditas que se quede ya me sirve, mañana mando a la lista de difusión del guasap y seguro sale algo más. Tranqui, vamos bien. Vamos bien. Estas son las cosas que tengo que aprender, soy una emprendedora, estoy creciendo. Estoy aprendiendo. Yo puedo manejarlo. 

Vuelvo la vista a la mujer, que se levanta y camina hasta el fondo a pedir parada. Se da vuelta y me mira fijo, esta vez sonríe. "Chau, suerte", me dice, y le contesto que igualmente justo al mismo tiempo que le llega un mensaje en el celular, se escuchó clarito, además lo lleva en la mano y hasta vi la pantalla encenderse. Ella se apura a bajar y la pierdo de vista mirando el teléfono, parada en la vereda. Llegué a ver cómo se clavaba en su rostro la misma risa con que la ví por primera vez, unos treinta minutos atrás. El colectivo acelera su marcha, y justo Rosario me avisa que está con algunas amigas si no quiero llevar la ropa, así que no pierdo mas tiempo, me pongo a ordenar las remeras por talle y color. Si las amigas son las de la facultad es un gol de media cancha porque son todas medio chetas. Quién te dice no sea hoy el día que le cuente a Gaby que explotaron las ventas, que aunque esté rota de cansancio invitemos a los chicos un heladito, o una coca en el bar de a la vuelta, total son vacaciones, que se duerman un rato más tarde. La hago, de una. No veo la hora de verles las caras.