Como todas las noches la mamá dejó la luz de la habitación
contigua encendida. Esa sala era un antebaño, había una mesa ovalada, sobre
ella una lámpara de cuello alto y turquesa con una luz tenue que había sido
adaptada, ya que permanecía encendida toda la noche, todas las noches. Sobre un
lado del pasillo, frente a la mesa con la lámpara, una puerta conectaba con el
jardín, y del lado de enfrente las dos habitaciones contiguas, una de los
padres y otra de los hijos.
Esa sola ceremonia daba comienzo al estrés. Era el anuncio
de la debacle, el anticipo del horror. Esa noche no sería la excepción; previo
saludo de buenas noches la madre desapareció por la puerta y la cerró un poco,
dejando una hendija libre para que entre algo de luz.
En cuanto debió apagarse el velador comenzaron a sucederse los horrores
de todas las noches. Tiburones gigantes de miradas que amenazan. Jesucristos
mudos y pálidos con actitud misteriosa y nada cristiana. Fantasmas de mujeres resentidas
y desalineadas. Partes de cuerpos asomando del placard y las voces, voces que
nunca se dejaban oír, pero siempre se anunciaban en algún silencio expectante.
Sería esa la noche?.
Tenía órdenes estrictas de no despertar a nadie esa noche,
sin embargo el pánico no le permitió cumplir la premisa. Su llanto ahogado no
le dejaba respirar, necesitaba gritar, y un abrazo.
Hizo cálculos milimétricos: la cabecera de su cama coincidía
casi exactamente con la mitad de cabecera en la que descansaba su mamá del otro
lado, estaban cabeza a cabeza. El que no debía despertarse era él, con él si
que no se jode. Pero la chance de llegar a resguardo estaba ahí nomas. Intentó
respirar muy profundo para dejar de temblar, tras unos minutos consiguió
estabilizar el ritmo y descomprimir algunos músculos de la espalda primero,
después brazos y cuello. Era una decisión tomada: iba a hacer el intento. Era
eso o morir de un paro cardíaco, o peor, a manos de algún asesino que lograra
filtrar la vigilancia de los perros, subir a los techos altísimos y descender
por las tuberías hasta llegar a su habitación, nadie mas podría oírlo, solo su
oído entrenado, que le marcaría todo el recorrido para ablandar el terreno y,
cuando finalmente llegue el asesino, ya estar en agonía por el miedo.
Preparó el nudillo, lo afirmó contra la pared y desde ahí dio
inicio: dos golpes cortos y suaves, concisos. No hubo respuesta. Los dos
segundos tampoco, ni los terceros. Pero sabía que había una actitud del otro
lado, que sabían que estaba en el infierno. Golpeó otra vez: “Mamá”. Nada. “Mamá;
tengo miedo!”. Ahora sí respiró con alivio, se oyeron movimientos y…conversación…
Desde allí todo sucedió a una velocidad progresivamente
descontrolada. Las dos habitaciones compartían el mismo piso de madera, se pudo
sentir con claridad como, desde el lado prohibido de la cama grande se
sucedieron dos pasos, tres, cuatro. La puerta del ropero, la del perchero se
abrió, con tal furia que los cinturones se chocaron unos contra otros, algún
frasco de perfume pudo haber intervenido, los talones se apoyaban violentos en
el suelo, parecía que fueran a hundirlo.
Se abrieron las dos puertas con un golpe seco y violento. Y
se empezaron a suceder los golpes, primero con el cinturón, repetidos y
veloces, después con el puño, después con ambas manos tomó el cuerpo que era de
casi la mitad de su tamaño y lo levantaba en el aire para azotarlo contra la
cama y volvía a empezar… “La vas a matar!” gritó la mamá, y después de unos
cuantos golpes mas se quedó quieto. Tiró el cinturón a un lado y se fue, jadeando
y puteando.
No le faltaba razón a la mujer, de alguna manera la había
matado.