sábado, 7 de septiembre de 2013

Carnaval (xq hay que empezar por algún lado)

Ahhh…los carnavales gualeyos. Sin mitos de por medio, realidades fantásticas, olor a fantasía concreta y CALOR, un calor indescriptible, calor en la piel, en el alma, en la garganta. Calor del que contagia a cualquiera que se sienta apenas dispuesto. Todo gusta y fascina, y calienta! Carnaval sanguíneo si los hay, no apto para escépticos juiciosos, ni elitismos sociales ni tribus urbanas. Callejón apretado de deseos de cosas buenas y lindas. Recorridos de mis enormes primeros amores, se me aprieta la garganta y los ojos de agua y sudor, de terror a las mascaritas que nos golpeaban con una especie de media rellena con jamás sabré que. De terminar las madrugadas CONGELADA y empapada por el agua de las pachangas con ese sabor plástico que nunca volví a probar. Te ibas a dormir vacía, todo se quedaba ahí, dando vueltas inquieto, esperando el siguiente sábado.
                                                           
Mis viejos habían abierto su casa a modo de local (taller) para la construcción de Si Si, debo haber tenido 3 o 4 años. La gente trabajaba con fervor desde mediados de año. Terminaban sus tareas cotidianas y se acercaban al local a bordar piedras y lentejuelas, teñir, lavar, secar o pegar plumas, pintar o arreglar algún par de zapatos que llegaban donados por algún seguidor, o simplemente para cebar mate. Muchos aprendían el oficio así, mirando, participando.

Pasaban horas y horas del día, siempre pensé que nadie se daba cuenta, mas tarde entendería que era un esfuerzo ENORME, sacrificado, y sobre todo agotador. Que esas risas y bromas y confidencias y peleas y reconciliaciones solventaban el trabajo durísimo que implica un hecho artístico de estas características, un precio por ejercer una pasión comparable a casi ninguna otra, por sus dimensiones y tiempos.

A mi hermana y a mí nos tocaba siempre separar los materiales que habían sido desbordados de los trajes del año anterior; las lentejuelas enmarañadas entre hilos y mostacillas, las tiras de perlas enredadas con los caireles de canutillos. Llegando las 3 de la mañana no se sentía ya divertido, se nos caían los párpados de sueño y, si debo ser honesta, no era pesado improvisar una cama con dos o tres de las banquetitas negras del local y dormirme así, rodeada de objetos brillantes y coloridos, a veces colgaban los tocados terminados y eran realmente obras de arte, siempre me producía cierta pena que a algunos de ellos mucha gente lo viera pasar ya durante el recorrido, en la calle,  y no pudieran observarlos detenidamente. Pero para mí estaba ahí, colgando de la pared, como un secreto a voces que me engordaba de gusto mientras me dormía involuntariamente, a modo de regalo…

Mas adelante, Gaby, me dirías con esa sencillez que caracterizaba tus cachetazos verbales: “quién iba a querer tener una noche vulgar después de tanto brillo...” y claro, como pasaba generalmente, tenías razón.



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