Ahhh…los carnavales gualeyos. Sin mitos
de por medio, realidades fantásticas, olor a fantasía concreta y CALOR, un
calor indescriptible, calor en la piel, en el alma, en la garganta. Calor del
que contagia a cualquiera que se sienta apenas dispuesto. Todo gusta y fascina,
y calienta! Carnaval sanguíneo si los hay, no apto para escépticos juiciosos,
ni elitismos sociales ni tribus urbanas. Callejón apretado de deseos de cosas
buenas y lindas. Recorridos de mis enormes primeros amores, se me aprieta la
garganta y los ojos de agua y sudor, de terror a las mascaritas que nos
golpeaban con una especie de media rellena con jamás sabré que. De terminar las
madrugadas CONGELADA y empapada por el agua de las pachangas con ese sabor
plástico que nunca volví a probar. Te ibas a dormir vacía, todo se quedaba ahí,
dando vueltas inquieto, esperando el siguiente sábado.
Mis viejos habían abierto su casa a modo
de local (taller) para la construcción de Si Si, debo haber tenido 3 o 4 años.
La gente trabajaba con fervor desde mediados de año. Terminaban sus tareas
cotidianas y se acercaban al local a bordar piedras y lentejuelas, teñir,
lavar, secar o pegar plumas, pintar o arreglar algún par de zapatos que
llegaban donados por algún seguidor, o simplemente para cebar mate. Muchos
aprendían el oficio así, mirando, participando.
Pasaban horas y horas del día, siempre
pensé que nadie se daba cuenta, mas tarde entendería que era un esfuerzo
ENORME, sacrificado, y sobre todo agotador. Que esas risas y bromas y
confidencias y peleas y reconciliaciones solventaban el trabajo durísimo que
implica un hecho artístico de estas características, un precio por ejercer una
pasión comparable a casi ninguna otra, por sus dimensiones y tiempos.
A mi hermana y a mí nos tocaba siempre
separar los materiales que habían sido desbordados de los trajes del año
anterior; las lentejuelas enmarañadas entre hilos y mostacillas, las tiras de
perlas enredadas con los caireles de canutillos. Llegando las 3 de la mañana no
se sentía ya divertido, se nos caían los párpados de sueño y, si debo ser
honesta, no era pesado improvisar una cama con dos o tres de las banquetitas
negras del local y dormirme así, rodeada de objetos brillantes y coloridos, a
veces colgaban los tocados terminados y eran realmente obras de arte, siempre
me producía cierta pena que a algunos de ellos mucha gente lo viera pasar ya durante el recorrido, en la calle, y no
pudieran observarlos detenidamente. Pero para mí estaba ahí, colgando de la pared, como un secreto a voces que me engordaba de gusto mientras me dormía involuntariamente, a modo de regalo…
Mas adelante, Gaby, me dirías con esa
sencillez que caracterizaba tus cachetazos verbales: “quién iba a querer tener una
noche vulgar después de tanto brillo...” y claro, como pasaba generalmente, tenías
razón.
Maravilloso!!! =)
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