Y de repente ahí está para mi; iluminado apenas por una
madrugada que bosteza trasnochada, se me ofrece sereno el paisaje, ondulante,
suave, me recuerda esas playas desiertas de arenas blancas y marfil espumante
en el ribete redondeado de cada duna.
Que privilegiada, pienso, y me dejo consumir por su belleza.
Incrédula, con la calma sorpresa de quien recibe un masaje que lo desestructura
para volver a conformarlo, con la tranquilidad de quien se enamora de la
verdad.
Ahí están para mi, tus cachetitos serenos, soñando quién
sabe que canciones o gestos a imitarme. Ahí estas oliendo a vida. El perfume de
mi vida, hija.
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