Qué lindas eran, desde aquel rincón, todas las horas del
día.
Aquellas mañanas en que la casa contradecía todos los
pronósticos silenciosos del alba volviéndose loca. Y era un catálogo de
corridas y charlas torpes, mientras chicos y grandes se envalentonaban
estrenando jornada, y hasta el patio se perfumaba de café con leche.
La siesta del sol fatal, que hacía cualquier cortina
obsoleta, colándose de a tiras finas y rayando el piso de filos amarillo claro.
De a ratos el silencio del barrio se tajeaba con moto desquiciada, o una charla
pasajera de vecinos, y en seguida volvía la Calma Reina, incluso los perros la
respetaban.
Con el primer instante de la hora mágica llegaban el amor y
las caricias. Una coincidencia afortunada de horarios. Un momento de silencio y
el acuerdo tácito, de dos, que prohibía la luz eléctrica hasta que el tinte
rosa del cielo se desprendiera de las paredes, y los muebles, y los techos; de
todo lo que hubiera tocado.
El lugar de una vida, su lugar. En el que fue plena, con la
luz de sus lunas y sus soles. Bendita por esos vientos.
DE LA MUESTRA "VENTANAS DE GUALEGUAY".

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