viernes, 4 de mayo de 2018

Alberdi y Julio A. Roca



Qué lindas eran, desde aquel rincón, todas las horas del día.

Aquellas mañanas en que la casa contradecía todos los pronósticos silenciosos del alba volviéndose loca. Y era un catálogo de corridas y charlas torpes, mientras chicos y grandes se envalentonaban estrenando jornada, y hasta el patio se perfumaba de café con leche.

La siesta del sol fatal, que hacía cualquier cortina obsoleta, colándose de a tiras finas y rayando el piso de filos amarillo claro. De a ratos el silencio del barrio se tajeaba con moto desquiciada, o una charla pasajera de vecinos, y en seguida volvía la Calma Reina, incluso los perros la respetaban.

Con el primer instante de la hora mágica llegaban el amor y las caricias. Una coincidencia afortunada de horarios. Un momento de silencio y el acuerdo tácito, de dos, que prohibía la luz eléctrica hasta que el tinte rosa del cielo se desprendiera de las paredes, y los muebles, y los techos; de todo lo que hubiera tocado. 

El lugar de una vida, su lugar. En el que fue plena, con la luz de sus lunas y sus soles. Bendita por esos vientos.


DE LA MUESTRA "VENTANAS DE GUALEGUAY".

No hay comentarios:

Publicar un comentario