jueves, 6 de febrero de 2014

Confesiones desde el Camino


Como ser igual de honesta sobre algo mas de una vez…Será que algunas verdades tienen vida útil…Busco metáforas que me ayuden a hablar; son todas vulgares.

Pensaba en un tren, que recorre paisajes muy agradables y se detenía ante los que miraba mas bellos y cómodos. Yo era la guardiana de ese tren, bajaba esperanzada, optimista, y me enamoraba de esas tierras vírgenes. No necesitando promesas grandiosas elegía confiada.

Empezaba por emparejar la tierra, solo deseando levantar allí una pequeña choza, ya habría tiempo para estructuras elaboradas y vistosas! Anhelaba retosar los atardeceres del color de la sandía y disfrutar de un Martini con naranja y dos cubitos de hielo; no preocuparnos por hormigueros ni pastos pinchosos era toda la ambición.

Alguna tarde de esas, de reposo, entre charla y charla, se me ocurriría construir un kiosco, tal vez de algunas de tus comidas favoritas, y colgar guirnaldas de banderines para que los mas chicos se vieran tentados a acercarse y nosotros poder esperarlos con ansias. Si así fuera, sin dudas, habría que hacer mas espacio, limpiar la maleza y desinfectar los terrenos, porque muchas cosas pueden ser dañinas para ellos. Con qué gusto hubiera robado ratos a esos descansos rosados, entre uno y otro de mis viajes!

No me hubiera importado llegar con la ropa y la cara y las manos manchadas de grasa y carbón, con olor a sudor pestilente, y el pelo como una bruja, directo a continuar una tarea ardua y plena, montar ladrillo a ladrillo la nueva estación, revocar paredes, instalar tuberías e inclusive bordar mantas que nos protegieran de los golpes si había choques, así nadie tenía ganas de salir corriendo después de alguna discusión técnica, al menos no sin antes probar el refugio que se encontrara a mano…


Estaba diciendo entonces; yo era la guardiana de ese tren, un tren que, indefectiblemente seguía su marcha. Pero no hubo tal construcción. Y definitivamente yo no era el suicida de la vía.

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