Otra vez los recuerdos le tajeaban el sueño al amanecer; la
lengua puntiaguda y ese aliento podrido que se impregnaba en su cara, los
golpes, la mano pesada sobre la molleja, ligándola a un órgano fétido, ácido.
Le provocaba nauseas como aquellos días.
Espantaba esas memorias sabiendo que su asco no ganaría las
propinas para pagar la cena de la noche o la cuota de la guardería. Queriendo
sonreír al menos, y convencida de que ya encontraría palabras ciertas y
corteses que contaran a su hijita porque ese día tampoco vería a su papá.
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